jueves, 19 de julio de 2012

SUEÑO ACUATICO DE UN FETO



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SUEÑO ACUATICO DE UN FETO

Hice este cuadro basándome en una idea peregrina: puesto que un feto de siete meses es viable y su cerebro está maduro para vivir, entonces puede soñar. ¿Y qué sueños puede tener un ser encerrado en una bolsa de agua y con tan poca y tan elemental información?

Calculé los datos que podría manejar y combinar para crear un sueño: los latidos del corazón de la madre, la sensación de flotar, eso que llaman signo del cubito de hielo, los desconocidos sonidos del exterior, los límites carnosos que a veces golpea, sensaciones acuáticas…

Estuve un tiempo dándole vueltas al título intentando abordar el tema con realismo. Hasta que llegó un momento en que decidí que no merecía la pena y me lancé a su construcción sin una idea definitiva.

Compré un viejo marco en el Rastro, abombé la tela para que semejara la cavidad uterina e hice el feto con material de deshecho, principalmente de relojes despertadores que adquirí para este menester. No fue complicado. Cuando estuvo hecho le añadí un cable trifásico a modo de cordón umbilical y lo pegué en el bastidor. Pinté la placenta de color rojo y la bolsa amniótica de azul cerrando todo con un plástico transparente… Luego coloqué unos peces disecados avanzando hacia el feto, como si se dispusieran a invadirlo…

Quedó fantástico, impresionante. Las primeras personas que lo vieron reaccionaron con asombro.

Este cuadro fue la estrella de mi primera exposición, una colectiva de inauguración de la Galería D de Madrid. Allí mismo comenzó a desarrollarse su leyenda.

Un crítico de una revista comentó irónicamente que era “el hijo del relojero”. Pero el efecto más perturbador lo causa en las mujeres. Un día, sin darme cuenta, llevado por el éxito de la muestra y por unas copas de más, me vi envuelto en una discusión con una chica. Yo trataba de explicarle los motivos surrealistas del cuadro pero ella no atendía a razones, me contestaba casi enfadada, me acorralaba con su irritación. Llegó a decirme, aludiendo a una obra ecologista situada al lado, llamada “Angustia de la Tierra”, que yo estaba angustiado desde antes de nacer. En ese momento dejé de discutir. Su acompañante me miraba divertido. Había cortado mi pavoneo de raíz…

Luego conté este caso sin darle demasiada importancia, aunque ya pude observar que las mujeres lo miraban con evidente disgusto.

El público de Legado Social era más sofisticado por lo que en ese espacio no dispongo de anécdotas referentes al feto. Gustó, eso sí, pero no recuerdo nada sobre él. Lo típico: “Muy fuerte”, “Me gusta, pero no lo pondría en mi casa””, etc., etc. Fue el único lugar en el que estuve a punto de venderlo aunque al final el interesado se decidió por otro cuadro.

En Hogar ON/OFF, una exposición casera para amigos y allegados, el efecto perturbador del feto quedó patente. Muchas chicas me dijeron abiertamente que les causaba repulsión. Yo a mi vez comencé a extender las leyendas y habladurías que suscitaba tan inquietante composición.

Luego llegó la exposición individual de la Galería D. Negociándola, el director de la galería me dijo taxativo:

- El cuadro del feto, no lo traigas.

La verdad es que me daba igual, era una muestra sobre ciudades llamada Construcciones Urbanas y no tenía nada que ver.

El colmo de los colmos llegó a continuación, cuando acepté participar en unas jornadas feministas contra la violencia; una vez que las encargadas de la Casa de la Mujer vieron las fotos censuraron dos cuadros: Soborno Porno y el Feto. No hubo manera de convencerlas. Yo luché más por el primero, que no había logrado exponer nunca, pero también por el segundo. Sus argumentos finales fueron escandalosos: me dijeron que estaban a favor del aborto y que mi cuadro podría interpretarse como un ataque a la libertad de abortar. Puedo explicarme tal paranoia aunque no puedo explicar que sirva como argumento para ejercer la censura.

Hice la exposición sin los dos, por suerte vivo en un país libre y no me faltan lugares para mostrar mi obra sin censura. Pero me quedó más claro aún que cualquier ideología guarda el germen del fascismo en su seno.

En el Pirata, dentro de la muestra Collages Salvajes, lo incluí. Tampoco en este lugar, frecuentado por gente artista y cosmopolita, produjo controversias excesivas.

En la exposición Nostalgia, favorecido por mi proximidad al público tuve diversas charlas sobre el cuadro, siempre con mujeres. Curiosa fue una que mantuve con un grupo de extranjeras, dos norteamericanas y una inglesa. Entraron en “Las Aguas” por casualidad y se quedaron fascinadas con el local. Según las americanas, de paso por Madrid, la inglesa era una rata del ambiente nocturno de la ciudad, la llamaban la “Guía del Ocio” y se había extrañado mucho de no conocer el sitio. Los cuadros les gustaron. Yo acechaba sus reacciones ante el feto. Pero eran inexpresivas. Si ante otros cuadros mostraron sorpresa y placer, ante él se quedaron frías. Visto lo cual me acerqué a una que lo miraba intrigada y me puse a provocarla. Le expliqué lo que significaba, lo que la gente decía de él, el efecto que producía en las mujeres… No, no, no, a ella no le producía ningún efecto raro, incluso le gustaba, pero claro, no lo pondría en su casa. Contenía su flema a duras penas.

Tras esta exposición en la que tuvieron lugar más anécdotas de este tipo llevé el cuadro a otro bar, la última muestra del año 95, entonces mi intención era provocativa. Sin embargo en este espacio varias personas me dijeron que estaban dispuestas a comprarlo, si tuvieran dinero y que lo colocarían en su casa. Pero como no tenían dinero, el Feto siguió conmigo…

Y ya metido en provocaciones ideé hacer una continuación, o sea, un parto. Tema muy poco visto y que puede desatar aún más controversia. Así tendría una serie de tres: fecundación, feto y parto…

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