martes, 17 de julio de 2012

EMBARAZO




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EMBARAZO

Rita quedó embarazada del extraño Fakin, el cual, al saber su estado, la abandonó.

No era preocupante, Rita era una mujer solvente que podía llevar tal situación de una manera moderna. Profesional urbana de buen poder adquisitivo se dispuso a tener aquel hijo porque le apetecía, para sí misma.

Enseguida se sometió a un chequeo ginecológico y general exhaustivo. Todo normal.

Pasó las primeras semanas sin problemas, en una especie de encanto marino y simbiótico. Intimidades ambiguas, equilibrios de pompas de jabón.

Comunicó la noticia a los más próximos, notó las primeras reacciones y desafectos, alegrías y penas, celos, encuentros y encontronazos...

Por el segundo mes comenzaron las nauseas y las fobias, un inconcreto rumor de olas, sabores acuáticos e hipocampos en estampida, pesadillas de barro y pantanos, aleteo flamante de un ser que palpita dentro de ella y que le obsesiona en extremo. ¡Lo ha sentido, lo siente! Su presencia es una evidencia espeluznante.

- Vive como acosada. Se ha hecho muy rara. - dice la gente.

Se aísla a veces, otras veces intenta recuperarse de la depresión en la que está metida. Algunos amigos le aconsejan que vaya a un especialista en psicología. Le parece exagerado y no acude.

A medida que avanza el tercer mes sus paranoias se hacen más complejas. Acude al tocólogo al que le cuenta sus obsesiones superficialmente. Este, en vista de su estado, la manda al psiquiatra, el eminente Dr. Monroy.

El Dr. Monroy descubre inmediatamente el mal: es un rechazo del hijo, una especie de antropofagia mental.

El origen y circunstancia de estos problemas emocionales son muchos y variados, hereditarios y adquiridos, enigmáticos siempre, espontáneos y muy particulares, por lo demás. La neurosis, ese era el caso a tratar. Investigar la causa ayudaría, aliviaría los síntomas. Pero ahora mismo, lo prioritario era actuar sobre la obsesión.

Pastillitas de colores, inocuas para el feto, análisis, entrevistas, terapia ocupacional, tiempo dirigido, asistentes sociales, enfermeros, médicos, celadores, pasillos, ventanillas, secretarias, ambulatorios, hospitales, laboratorios, ecografías, burocracia, esperas, confusiones, malos caras, discusiones, nervios, lágrimas... Y la cara súbitamente diabólica, demente, alucinada, perdida, del Dr. Monroy.

El feto ya era un mamífero desarrollado, casi una mente humana dispuesta para influir, según las teorías disparatadas del neurólogo. Las radiografías mostraban un extraño color opaco en el componente óseo. Se le repitieron y lo mismo.

Rita no quiso más. Había una anomalía, decían los especialistas.

Se sentía mal, pero no físicamente, el fruto de sus entrañas estaba entrando en su mente a una velocidad alarmante. Ya se le notaba la gravidez, la panza que avanza. Tubo que darse de baja definitivamente en el trabajo. Algunos amigos iban a verla y comprobaban alarmados que su desenganche del mundo y de la realidad avanzaba a la par que su barriga. Ella, ausente más y más, murmuraba.

- Fakin, ¿quién eras? ¿Qué me has dejado? Tus besos me saben ahora a oxido, tu tacto, frío ardiente, eléctrico. ¿Qué me has hecho? ¿Madre de un monstruo?

Todos la compadecían y aconsejaban, la consolaban anonadados por su desgracia. Y ella no aprecia oírlos.

En el sexto mes, la asistenta social determinó que no podía vivir sola y tramitó su ingreso en una clínica psiquiátrica, de acuerdo con el Dr. Monroy, que seguía su evolución.

Este facultativo dictaminó de inmediato su estado pero no prescribió tratamiento alguno debido al avanzado estado de gestación.

Estuvieron observándola detenidamente, haciéndole los mínimos análisis, alguna entrevista, protegiéndola de todo y de sí misma.

Las radiografías indicaban que algo anormal sucedía en el esqueleto, el líquido amniótico no estaba muy claro, el electrocardiograma vibraba un poco, el encefalograma parecía muy desarrollado...

La apariencia monstruosa solo la advertía la madre, que para entonces ya estaba esquizofrénica perdida: el hijo se había apoderado de la mente de la madre y la usaba a conveniencia, teniendo periodos de lucidez relativamente pequeños.

Rita contaba vivencias de un fantasma en una botella negra, sueños acuáticos terribles en los que mezclaba las informaciones, éxtasis de soledad y quietud, otro mundo, otra gravedad, otras leyes. ¡Ay, qué alaridos de horror, qué angustia, fiebre, delirios, alucinaciones!

El periodo de dominio del cerebro latente, como lo llamaba el Dr. Monroy, fue aumentando progresivamente. En el octavo mes, el estado de la enferma se deterioraba por momentos. No se la podía dejar sola y comenzó a ser alimentada por sonda. Pronto entró en fase de coma cataléptico siendo incapaz de transmitir nada.

Los médicos comenzaron a plantearse extraer el feto pero el Dr. Monroy se opuso ya que la paciente estaba controlada y era mejor esperar a que llegara su hora natural, eso sí, atentos siempre a una posible intervención si las circunstancias lo aconsejaban, ya que no se puede hacer gran cosa por ella, esperemos, veremos si cuando nazca el niño se recupera o qué. No negarán que es un caso digno de observación, yo no encuentro descrito nada parecido. Ni nadie, le aseguraron.

Todo continuó hasta que llegó la hora término sin variaciones dignas de mención. Al cumplirse el tiempo comenzó el parto de manera natural.

Como la madre estaba inconsciente, la dilatación fue más lenta, pero sin problemas, siendo un parto fácil...

Lo que no era normal era el recién nacido. A simple vista se veía que sus estructuras eran extrañas, una sutil transparencia revelaba los innumerables componentes metaloides de aquel cuerpo.

- Parece un robot - exclamó la enfermera que lo sostenía.

- ¿Con quien te acuestas, rica? - dijo otra cortando el cordón umbilical de un tijeretazo.

El Dr. Monroy movía su bigotillo de fanático a velocidad de vértigo.



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